Desde la unión de las coronas de Castilla y Aragón por los reyes Isabel y Fernando a finales del siglo XV, el mar constituyó un espacio de vital importancia para la Monarquía Hispánica, sobre todo tras la conquista y colonización de América. Ello produjo el nacimiento del primer Estado global, con posesiones en prácticamente todos los continentes. El desarrollo naval, tecnológico y comercial, entre otros factores, permitieron sostener el imperio durante siglos. Pero para mantener esas rutas comerciales abiertas, con navíos cargados con productos procedentes de muchos lugares destinados a los principales puertos (primero Sevilla en los siglos XVI y XVII, y luego Cádiz en el siglo XVIII), hacía falta mantener la seguridad de los mares. Son famosas las flotas de Indias que navegaban en convoy para protegerse de piratas y corsarios enemigos. El desastre de la Real Armada contra Inglaterra en 1588 no fue, como se ha dicho, el fin del poderío naval hispano. El verdadero desastre vino en el periodo final de la dinastía de los Austrias, bajo Carlos II y comienzos de la nueva dinastía, los Borbones, a inicios del siglo XVIII, cuyo doloroso parto se produjo mientras se libraba la guerra de Sucesión española (1700-1714).
Fue ese momento el punto más bajo de la Real Armada, sin apenas barcos para mantener unos dominios territoriales inmensos. A partir de entonces comenzó un largo y dificultoso proceso de reconstrucción, muy costoso para la Real Hacienda. Ello propició además el desarrollo y expansión de las milicias provinciales como contrapunto. Para las décadas de 1780 y 1790, España poseía la segunda mayor flota de guerra del mundo, solo por detrás de Gran Bretaña, su gran rival en toda la centuria. Podemos situar el apogeo de la Real Armada española en 1794 y 1795, con un total de 79 navíos de línea y 53 fragatas que devoraban los ingresos procedentes de las colonias. Pero la caída fue abrupta y catastrófica. En 1789 estallaba en Francia la Revolución. El tradicional aliado de la monarquía se convertía en enemigo al estallar la guerra de la Convención (1793-1795), seguida por la guerra anglo-española (1796-1802) en la que se inserta el documento que hoy analizo, además del ataque de Horatio Nelson a Santa Cruz de Tenerife en julio de 1797. La flota libró los combates navales de cabo de San Vicente de 14 de febrero de 1797, y la conocida batalla de Trafalgar de 21 de octubre de 1805. Para entonces, la Real Armada se encontraba muy desgastada, le faltaban tripulantes expertos, pertrechos y, sobre todo, dinero. La crisis económica y hacendística que atravesó España, motivada por las guerras revolucionarias y posteriormente las napoleónicas, devastaron a la armada española. La guerra de la Independencia (1808-1814) fue solo el último clavo del ataúd. Cuando comenzaron las guerras de independencia de las colonias americanas, apenas quedaba algún barco.
El documento de este mes es el Diario del alférez de fragata don Rafael Bobadilla embarcado en el navío Bahama, en la escuadra del excelentísimo señor don Juan de Lángara en 22 de septiembre de 1796 [Rodríguez Moure 135 (20/20). Nueva signatura 225.1]. Se trata de un documento muy extenso, de varias decenas de folios, que trata el día a día en dicho navío, desde el 22 de septiembre de 1796 hasta su última entrada de 3 de febrero de 1797, justamente once días antes de la batalla naval del cabo de San Vicente anteriormente referida.
El diario documenta cada día el tiempo climatológico, la dirección de los vientos y las coordenadas del navío, con lo que es posible seguir su ruta con la ayuda de un mapa. El documento explica con lujo de detalles las maniobras marinas, el despliegue de las velas, las patrullas, lo que transmite la dificultad de navegación y la necesaria pericia de los marineros para manejar un buque que dependía de factores externos para desplazarse (viento y corrientes). Por citar un ejemplo:
[fº8rº] en la madrugada del 1 al 2 de octubre de 1796: amaneció calimoso […] se apagó el farol de popa y poco después hizo el general las señales de unión y ceñir por estribor […] un buque de la escuadra tiró un cañonazo y seguidamente el general dio la orden de zafarrancho de combate. A esta hora se vio la fragata de guerra que iba en popa a toda vela. El Pelayo pidió permiso para darle caza, a las 7:00 el navío San Nicolás señaló verse 7 velas sospechosas […] por lo que viramos y les dimos caza general dando toda vela e hizo el general la señal de reconocer […] poco después las embarcaciones sospechosas largaron sus banderas y reconocimos ser enemigas, perdiendo toda esperanza de alcanzarlas.
Pero conozcamos un poco más a Rafael de Bobadilla. En el Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife se conserva su hoja de servicios. Su nombre completo era Rafael de Bobadilla y Pery. Sentó plaza de guardia marina el 19 de octubre de 1791, sirviendo en los navíos Ildefonso, Reina, las fragatas Diana y Esmeralda, y los navíos Montañés, San Rafael y Bahama. Sirvió bajo el mando de Francisco Borja en la reconquista de las islas de San Pedro y San Antonio, y realizó varias comisiones durante la guerra de la Convención contra Francia, en Tolón y Rosas, bajo el mando de Juan de Lángara. El 20 de octubre de 1793 ascendió a alférez de fragata, y el 3 de julio de 1797 era subteniente de la 1ª compañía del 6º Regimiento de marina. El 14 de enero de 1797 salió a la mar en el navío Bahama, regresando a Cartagena el 28 del mismo mes. El 1 de febrero abandonó el puerto para entrar en el de Cádiz el 3 de marzo, después de la batalla naval del cabo de San Vicente, siendo el Bahama uno de los pocos navíos que no participó en el encuentro que terminó con derrota española. Sin embargo, el 11 de febrero del mismo año, pocos días antes de la batalla, dio caza a una fragata británica. El 30 de marzo de 1799 fue destinado a Algeciras, tomando el mando de varias fragatas y lanchas cañoneras. El 14 de julio de 1801 embarcó en el navío Reina, de la escuadra del Teniente General de la Armada, don Domingo de Nava, saliendo el 17 de agosto para Liorna, Italia, escoltando a los infantes reales, cumpliendo su misión satisfactoriamente y regresando a Cartagena para el 15 de octubre. Por esta comisión fue ascendido el 5 de octubre de 1802 a alférez de navío. En los años siguientes, Rafael de Bobadilla cumplió diversas misiones en diferentes navíos, bombardeó baterías enemigas, estuvo en la defensa de la plaza de Rosas y en dos acciones de combate en Gibraltar. En 1804 partió de Ferrol para Montevideo, en América, regresando en 1805 ascendido ya a teniente de fragata por real orden de 8 de diciembre de 1804. El 22 de marzo de 1805 se hallaba en el navío de línea Montañés, uno de los más modernos de la armada. El 20 de octubre se unió en Cádiz a la flota francoespañola, al mando de Villeneuve y Federico Gravina. El 21 de octubre, “en el memorable combate que sostuvo contra la inglesa del Almirante Nelson sobre las aguas del cabo Trafalgar, murió este oficial de un balazo”.
El diario que se conserva en esta institución de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife es un ejemplo de la difícil situación política y económica en la que se encontraba España, cuando Godoy era el primero de todos los ministros. Pero también es un ejemplo de la virtud y buen hacer de profesionales que no suelen aparecer en los libros de historia pero que demuestran el valor, compromiso y lealtad de servidores que llegaron incluso a dar su vida por ello.
Texto elaborado gracias a la colaboración especial de Amós Farrujia Coello, doctor en Historia por la Universidad de La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria.
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